Capítulo 1 de 1 · Gratis
Capítulo unoCapítulo 1
Día 2 · 08:05 · El muelle
Elena reconoció el zapato antes de comprender lo que estaba viendo. Un zapato de cordones, marrón, como los que se cruzaban con ella cada mañana en las escaleras del Ayuntamiento. Sobresalía del agua entre una lancha y el muro. El otro pie estaba descalzo.
Se detuvo con el paraguas cerrado en la mano. Su camino al archivo pasaba por allí; había salido antes para terminar una comprobación. Ahora un agente tendía cinta entre dos farolas y ella no conseguía apartar los ojos de aquel calcetín gris, hinchado en el tobillo.
—Por arriba, señora. Por aquí no se puede.
Elena retrocedió. Al volverse vio una mano contra la piedra, movida por el agua. Se le ocurrió que el hombre tendría frío. La vergüenza de aquel pensamiento la acompañó hasta la cuesta.
Día 1 · 17:12 · El depósito
La tarde anterior había encontrado la carpeta debajo de unas licencias de terraza.
A sus treinta y ocho años, Elena Varela sabía reconocer una caja mal inventariada por el modo en que cedía al levantarla. Aquella pesaba demasiado para contener solo licencias. La dejó en la mesa, acercó la lámpara y comprobó la etiqueta: 14/2006.
Llevaba tres semanas revisando una transferencia del almacén municipal del puerto. En el depósito hacía frío incluso con la calefacción encendida; el salitre levantaba ampollas en la pared del fondo. Elena trabajaba con el abrigo sobre las rodillas.
Fotografió el precinto antes de cortarlo. La autorización de apertura estaba en la relación de cajas que Nuria Belmonte le había firmado aquella mañana. Debajo de los papeles sueltos encontró un paquete atado con cordel. La cubierta tenía dos rótulos estampados en rojo:
ACCIDENTE MARÍTIMO. DESTRUIDO.
La signatura era PM-2006/1184.
Quitó el cordel sin romperlo. Había un croquis del muelle comercial, partes de intervención y una relación provisional de testigos. Marzo de 2006. Una embarcación auxiliar había volcado junto al cantil. En el dibujo, alguien había señalado con una cruz un tramo de escalera.
Elena volvió a la cubierta. Pasó el pulgar por la palabra destruido, como si pudiera desprenderse y dejar debajo otra más razonable.
En una hoja de control adjunta constaba la eliminación, también en marzo de 2006. La firma era de Andrés Lamas, técnico de Servicios Portuarios Municipales. Conocía aquel apellido: en su bandeja había una autorización de acceso de un contratista al muelle, firmada por él ese mismo día. Era una de las copias que Servicios Portuarios remitía a diario al archivo. Lamas seguía trabajando allí.
Buscó la signatura en el inventario. La pantalla respondió: eliminado.
Miró el papel, luego la pantalla. Registró las 17:12 como hora del hallazgo y añadió una incidencia pendiente de cotejo. Había visto errores peores que una carpeta fuera de sitio. Lo que no había visto era una carpeta que llevara puesta su propia desaparición.
El registro de eliminaciones de aquel año estaba sin localizar. Lo buscó entre libros con lomos deshechos hasta que tuvo que subir a cubrir la permanencia del archivo. Dejó la carpeta en su caja y la caja en el armario de trabajo.
Día 1 · 20:11 · El teléfono
Quedaban diecinueve minutos para cerrar cuando sonó el teléfono.
—Archivo municipal.
—Quería consultar el PM-2006/1184.
Elena dejó de recoger los lápices.
—¿Puede repetirlo?
El hombre repitió la signatura sin vacilar. Luego añadió:
—El del accidente marítimo. ¿Lo tienen?
Desde su mesa se veía la puerta del depósito. Elena se volvió hacia la ventana, aunque no había nadie más en la sala.
—¿A nombre de quién anoto la consulta?
—Héctor Salcedo. Soy familiar de uno de los afectados.
Tenía una voz baja, algo áspera. Elena acercó el auricular para oírlo mejor.
—Tendré que comprobarlo. Déjeme un teléfono.
Él le dictó un móvil.
—¿Me llamará mañana?
—Mañana puedo informarle del estado de la consulta.
Oyó una respiración, quizá un roce contra el micrófono.
—Aunque figure destruido —dijo él.
Elena apretó demasiado el lápiz. La punta dejó un pequeño agujero después del número.
—Primero tengo que comprobarlo.
El teléfono había sonado apenas tres horas después del hallazgo. Anotó lo que él había dicho, no lo que a ella le había parecido oír en las pausas. Guardó la ficha de llamada con las demás. Abajo, cerró el armario y se quedó un instante con la llave en la cerradura.
Podía haberle dicho que sí. Todavía no sabía si callárselo había sido una precaución o una mezquindad.
Día 2 · 09:05 · El nombre
A las nueve y cinco, Nuria entró en el despacho y cerró la puerta. Elena tenía delante el libro de eliminaciones que acababa de encontrar. La anotación de marzo confirmaba la baja del PM-2006/1184 y llevaba las iniciales de Lamas.
—Han llamado de la policía. Preguntan quién habló anoche con Héctor Salcedo.
Elena sacó la ficha. Había pensado telefonearle en cuanto terminara el cotejo.
—Yo. ¿Cómo sabían que había llamado aquí?
—No lo sé. No me lo han explicado.
—¿Qué pasa?
Nuria miró el papel que le tendía.
—Es el hombre del muelle.
La mano contra la piedra volvió entera, con el agua metiéndose entre los dedos. Elena apoyó la ficha en la mesa para que Nuria no viera que le temblaba.
—He pasado por allí.
—¿Lo conocías?
Negó. Buscó la voz de la noche anterior y solo consiguió recordar el ruido de la respiración.
—¿Se cayó?
—No me lo han dicho. Quieren hablar contigo.
Nuria acercó una silla. Elena le contó la llamada y luego abrió el armario. Puso la caja entre ambas, desató la carpeta y señaló la baja en el libro.
—Esto estaba aquí ayer.
Su jefa se quitó las gafas. Miró el sello rojo sin tocarlo.
—El lote tiene que quedar cerrado esta mañana.
La caja debía volver al almacén con el resto de los originales ya revisados. Si seguía constando eliminada, la próxima persona que buscara la carpeta no llegaría siquiera a pedir aquella caja. Elena imaginó su propio inventario, limpio, sin una línea que condujera hasta el papel.
—Esta no puede salir así. Quiero copiar el expediente y dejar corregida la localización.
—Son cuarenta y dos hojas.
—Las he contado.
Nuria miró el reloj.
—Entonces cierro yo las demás cajas. Pero haces mi turno de consultas. No puedo estar en las dos mesas.
Hasta las dos. Elena había conseguido librarse de aquel turno para terminar la digitalización: era el primer lote que iba a entregar entero con su nombre. Llevaba tres semanas ordenando aquellas cajas, incluso en los ratos del café.
Apartó la hoja de cierre y escribió junto a la signatura: pendiente. Debajo puso sus iniciales.
—Déjame hacer la copia antes de abrir al público.
Nuria le devolvió la hoja.
—Y la incidencia, firmada por las dos.
Día 2 · 09:25–13:18 · La copia
El escáner tardaba nueve segundos por cara. Elena contó algunos, incapaz de impedirlo. El cristal estaba frío bajo la muñeca. Cada vez que levantaba una hoja, el sello rojo transparentaba desde la cubierta.
Copió el expediente completo, incluida la hoja de eliminación. Registró el archivo en la carpeta interna de preservación y comprobó las imágenes contra los originales. En la última hoja había un tampón: TRASLADO A SEGUROS. Debajo, una referencia mecanografiada, POL-MUE/2006-441. La segunda cifra estaba mordida por el borde del sello, pero se leía.
Imprimió esa hoja y la cubierta para acompañar la incidencia. Nuria firmó con ella; el original volvió al armario, separado del lote de retorno, con su ubicación anotada. Las dos impresiones quedaron bajo llave en la carpeta de trabajo. Cuando Elena abrió la mesa de consultas eran las diez y cuatro.
Durante las tres horas siguientes señaló casillas en formularios, buscó planos y explicó dónde se pedían certificados. Desde allí oía el carro con el que Nuria se llevaba las cajas revisadas. Quiso levantarse cuando pasó ante la puerta. En lugar de hacerlo, terminó de copiar para una consulta una dirección que había escrito mal dos veces.
La ficha de Salcedo seguía en el despacho. Su móvil, apuntado con la letra cuidadosa de Elena, era ahora un teléfono al que no se atrevía a llamar.
A las 13:18 quedó la sala vacía. Aún faltaba para cerrar. Abrió en el ordenador de consultas el índice interno de correspondencia, el mismo que utilizaba para localizar documentos mal remitidos. Introdujo POL-MUE/2006-441 entre comillas.
Esperaba un asiento antiguo o nada.
La fecha del asiento era de once días antes de aquella mañana.
Destino: Contabilidad. Asunto: documentación complementaria para la tramitación del pago de reparación de defensas del muelle comercial. La referencia aparecía al final, detrás de otros dos códigos recientes.
Elena comprobó los caracteres uno por uno con la impresión que había ido a buscar al cajón. No había confundido un uno con una ele. El sello de 2006 y el asiento reciente decían lo mismo.
El índice permitía abrir la hoja de registro, no el escrito adjunto. Pulsó sobre el número de entrada. Vio la fecha, el destino y, más abajo, el campo del presentador.
Héctor Salcedo.
Apoyó la impresión junto al teclado. Antes de llamarla, aquel hombre había presentado documentación para un pago municipal que utilizaba la referencia del expediente destruido.
Volvió a oírlo: «Soy familiar de uno de los afectados».
La casilla de documentos adjuntos indicaba tres hojas. No podía verlas desde aquella mesa; tendría que pedirlas a Contabilidad, con el número de entrada y su nombre en la solicitud.
Al otro lado del mostrador alguien dejó caer un manojo de llaves. Elena alzó la vista, atendió la consulta y esperó a que la sala volviera a quedar vacía.
Luego abrió el formulario de petición interna. En motivo de la consulta escribió la referencia completa. Añadió el nombre de Salcedo.